Estamos en una encrucijada, podemos continuar con un modelo que produce hoy, pero destruye mañana, o podemos construir un sistema agroalimentario que combine productividad con sostenibilidad, rentabilidad con salud pública y eficiencia con dignidad.
Los precios que no vemos en los mercados –la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua, la salud y sufrimiento humano– son demasiado altos para seguir ignorándolos. Reconocerlos es el primer paso para debatir seriamente qué tipo de agricultura queremos y qué país esperamos sembrar.